Dos casos de Serendipia: La penicilina y el LSD.

Decimos que algo se ha ocurrido por Serendipia (una traducción más o menos agraciada del inglés “Serendipity”) cuando pasa por casualidad pero da lugar a un resultado bueno. Algo así como “de chiripa”.

Screen Shot 2016-06-14 at 20.07.20Aunque en un 99,9% de los casos los avances científicos ocurren gracias al trabajo, la constancia y la dedicación de muchos científicos durante décadas, es cierto que algunos han sido descubiertos “por casualidad”. Hoy os resumimos dos de esos ejemplos: la penicilina y el LSD.

La penicilina (el primer antibiótico en la historia de la medicina) fue descubierta por Alexander Fleming en septiembre de 1928 mientras trabajaba en el sótano del laboratorio del Hospital St. Mary, en Londres. Fleming estaba por aquel entonces trabajando con el cultivo de unas bacterias llamadas estafilococos. Según narra el mismo Fleming en su diario, al volver al laboratorio después de haber estado fuera casi un mes, descubrió que algo había crecido en una de las placas de Petri que usaba para cultivar las bacterias. El “error” de Fleming fue dejar esta placa debajo de una ventana abierta durante todo este tiempo de modo que no sólo las bacterias habían crecido en la placa, también moho había crecido en ella. Cualquier otra persona probablemente habría tirado la placa a la basura y empezar el cultivo de nuevo. Pero Fleming la observó un instante y vio que las bacterias que se suponen que tenían que crecer en esa placa morían alrededor de el moho. Rápidamente llegó a la conclusión que el moho debía de producir una sustancia capaz de matar bacterias, es decir, un antibiótico. Este descubrimiento no sólo le valió el premio Nobel de Medicina en 1945 si no que ha salvado y sigue salvando millones de vidas.

Por otra parte, el LSD (la dietilamida del ácido lisérgico) fue sintetizada por primera vez por Albert Hoffman, un químico suizo, en 1938 mientras trabajaba en los laboratorios de la compañía farmacéutica Sandoz en Basilea. En aquellos años Hoffman trataba de producir un compuesto llamado Methergin a partir del cornezuelo del centeno (un hongo), una sustancia que se usa para parar hemorragias posparto. Para conseguir Methergin tenía que sintetizar primero ácido lisérgico. A partir de él, Hoffman consiguió producir la dietilamida de este ácido (LSD). Al principio pensó que el LSD podría ayudar a favorecer la circulación sanguínea pero todos los experimentos fracasaron y la compañía se olvidó durante un tiempo de esta molécula. En 1943, Hoffman volvió a producir LSD y en esta ocasión sí que notó efectos notables, pero ¡sobre sí mismo! Así lo cuenta él: “Estaba en mi laboratorio y empecé a sentirme de una manera extraña, ciertamente extraña. No había tomado nada, imagino que algo debió quedar en mis dedos. De pronto, me encontré en otra realidad, sentía algo extraño, los colores habían cambiado, la habitación había cambiado, mí humor había cambiado, y tenía la impresión de que mi propia personalidad había cambiado, y al cerrar los ojos empecé a tener bellísimas fantasías, imágenes…”. Aunque Hoffman confesó sentirse asustado en un principio, en seguida se puso manos a la obra para investigar como el LSD podría tener usos en psiquiatría. En un principio se usó como tratamiento para la esquizofrenia o como herramienta en el psicoanálisis, pero lamentablemente, al final resultó ser un compuesto más peligroso de lo que se pensaba y dejó de usarse en la medicina.

Algo que se extrae de estas y de muchas otras historias de la ciencia es que una de las cualidades más importantes de un científico (si no la base de toda ciencia) es la curiosidad, ser capaz de observar lo que ocurre a tu alrededor, hacer preguntas.

Como dijo Einstein: “no tengo ningún talento especial, sólo soy apasionadamente curioso”.

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